Sociedad Premios "Princesa de Asturias" 2018
El alpinista Reinhold Messner, premio “Princesa de Asturias” de los Deportes

“Si hubiese interés por un museo de la montaña, los Picos de Europa estarían en muy buena posición”

Messner ha sido muchas cosas a lo largo de sus 74 años: escalador, aventurero, escritor, fundador de museos, político, incluso ganadero. Y ahora quiere ser cineasta. Pero lo que dice que nunca ha sido es deportista. Este alpinista -para muchos el mejor de la historia-, también historiador del alpinismo, niega que la montaña sea un deporte. Es algo “lleno de empatía, de emociones, de sufrimiento, de tragedia; algo diferente del fútbol”, asegura. O del “alpinismo de pista” en que se han convertido los ascensos a ochomiles como el Everest, “prácticamente senderismo”.

Reinhold Messner Muel de Dios

En el principio fue la historia del alpinismo, conocer los pasos de quienes habían abierto las rutas que él realizaba desde niño. Y luego, con 25 años, el encuentro decisivo con la figura de Paul Preuss, el alpinista austriaco de origen judío fallecido en 1913, borrado de los libros por el hitlerismo, pero que inauguró la ética del estilo puro que resume la filosofía de Messner. Sin esa idea no se entienden su empeño de subir al Everest sin oxígeno -fue el primero en hacerlo, en 1978, junto a Habeler-, las ascensiones en solitario, las escaladas sin medios artificiales…

No fue una figura cómoda, sufrió ataques brutales. Tras la muerte de su hermano Günther, en la primera ascensión al Nanga Parbat -la “montaña del destino” de los alemanes-, vivió una auténtica pesadilla. “Tanto durante esa expedición como después, se dedicaron a inventar. El único que sabía lo que había ocurrido con mi hermano era yo. Y todos los demás sólo podían presentar imaginaciones y no realidad. Pienso que este hecho permite hablar en profundidad de cuestiones como las ‘fake news’, de la realidad y la no realidad. Cuanto más famoso me volvía, más vendible era la cosa. Al Everest subimos sin oxígeno; lo pusieron en duda, pero pudimos demostrarlo. Sobre lo ocurrido en el Nanga Parbat no había la más mínima posibilidad. Por fortuna, mi hermano fue encontrado. Todo lo que habían dicho era mentira. Aprendí con todo esto que cuando estas solo no hay ninguna posibilidad de defenderte de la masa que inventa, inventa e inventa”, dice.

En torno al mito sólo surgen leyendas. Messner matiza, corrige “las invenciones de los periodistas”. Como el supuesto épico combate que mantuvo con el polaco Jerzy Kukuczka por la “corona” de los catorce ochomiles. “Nunca luchamos Kukuczka y yo. Nos teníamos un gran respeto. Kukuczka estuvo cerca de borrar mi nombre. No ocurrió. No tuvo la más mínima posibilidad de derrotarme, salvo que yo hubiese muerto antes. Yo había hecho seis o siete ochomiles cuando Kukuczka subió a su primero (el Lhotse). Empecé diez años antes que él. Eso sí, hizo más en un año que yo. Por nuestra parte no existía esta competición. Cuando Samaranch me entregó una medalla olímpica, dije que estaba muy contento, pero que era un premio por un trabajo cultural y no deportivo”, asegura.

Más malentendidos, como la frase de oro de Mallory: “¿Por qué subir al Everest? Porque está ahí. Es una gran sentencia, pero la soltó en un momento en que estaba cansado de las estúpidas preguntas de los periodistas”, cree. Porque ¿cómo explicar “la fantasía, la imaginación, el sueño”? “Necesitas meses, años, cincuenta libros para responder a esa pregunta. Hay muchas motivaciones, muchas posibilidades. Toda mi actividad está basada en la historia de más de doscientos cincuenta años de alpinismo”, sentencia. Y, casi al final de su vida, con lo que se queda es con “la narrativa del montañismo, llena de empatía, emociones, tragedia, una cosa muy diferente del fútbol”. Hay una mística del alpinismo que está más allá de subir a una montaña a disfrutar de las vistas. “Cuanto más alto, menos se libera la mente. Va contra el instinto de supervivencia, pero todos tenemos esa necesidad de ir a los lugares peligrosos para llegar al límite del peligro, que es la cumbre. Si conseguimos salir de esa situación, volvemos renacidos. Es como cuando se sale de una enfermedad grave”, define.

En los últimos treinta años, la evolución del alpinismo no puede ser menos satisfactoria. “El 90 por ciento de quienes ascienden ochomiles no tocan la roca, se aclimatan en sus casas en cámaras de presión, llegan a los campos base en helicóptero. Van a hacer prácticamente senderismo, alpinismo de pista”, dice. Todo lo contrario que sus admirados polacos, con Krzystztof Wielicki a la cabeza, que hicieron bueno el lema de que el alpinismo es “el arte de sufrir”. “Ahora a nadie le gusta sufrir, sólo buscan alejarse de sus propias vidas, utilizar el mito de la montaña, colgarse una medalla y ser una figura refulgente”, lamenta.

“Tras la muerte de mi hermano, aprendí que no hay posibilidad de defenderse de la masa que inventa”
Reinhold Messner

Hay muchos Messner, como el que trata de aclarar qué hay detrás del mito del Yeti, o como el político que militó en los Verdes y tiene su propia visión del espacio que habita, el Alto Adigio, donde se oyen voces a favor de anexionarse a Austria o incluso de independizarse, “un debate que hay en España similar al que nosotros tenemos”. “Yo no le veo sentido. Tenemos necesidad de que las naciones se unan, no es posible poner torres aisladas, una región no lo puede tener todo. Yo soy del Tirol del Sur, soy europeo y soy ciudadano del mundo”, cree.
Y también está el Messner fundador de museos -seis- en los Alpes italianos. Dice que no va a crear museos fuera de Italia, aunque ha asesorado a Georgia, en el Cáucaso. En España tiene claro dónde lo pondría: “Si hubiese interés, los Picos de Europa estarían en muy buena posición”.
Ahora, su próximo proyecto es un documental que trata de aclarar, de forma científica, si Cesare Maestri alcanzó la cumbre del Cerro Torre en 1959.

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