Campeones en una carrera llena de obstáculos

Aumentan los asturianos discapacitados que encuentran en el deporte una vía de superación personal e integración

El deporte demuestra que están suficientemente capacitados

Cada vez más asturianos con dificultades encuentran en el ejercicio físico y la competición la palanca para la superación personal y la integración en la sociedad.

Una malformación congénita, una enfermedad o un accidente pueden cambiar la vida de una persona, pero no necesariamente arruinarla. Y ahí entra el deporte como un factor clave para afrontar las desgracias de otra manera. Hasta tal punto que cuesta mucho llamarlos discapacitados. LA NUEVA ESPAÑA da fe de ello con los casos de asturianos que demuestran que la fuerza de voluntad puede con casi todo. Como ejemplo,  la invidente ovetense Carmen López, que se entrena a diario en la playa de Salinas para participar en diciembre en el Mundial de surf.

Pero hay más. Adriana Pérez Álvarez ha progresado en la natación sin la mitad de la palma de la mano izquierda. O Jesús Antonio Fernández González, “Casomera”, al que un accidente laboral le permitió probar su habilidad para meter canastas desde una silla de ruedas. David Fernández Fernández sobrevivió milagrosamente a un accidente de tráfico y, en vez de resignarse a consumir su vida en una silla de ruedas, decidió dedicarse a los lanzamientos y ahora ve hasta posible participar en unos Juegos Paralímpicos. La carretera también le jugó una mala pasada al salmantino, residente en Gijón, Jesús Torres, que cuatro años después encuentra en sus partidos de tenis en silla de ruedas una de sus mayores motivaciones.

El deporte como factor clave para afrontar las desgracias de otra manera

En todos los casos, el empeño personal está acompañado por el apoyo de familiares, amigos e incluso personas que se cruzaron providencialmente en sus vidas. También de una mirada diferente de la sociedad, que progresivamente ha ido cambiando la lástima por la normalidad e incluso la admiración. Le ocurre a Adriana, que se acostumbró de pequeña a competir con “convencionales”, como llaman en su mundo a las personas sin discapacidad. O a David, para el que se acabaron las contemplaciones hospitalarias cuando se puso en manos de Lodario Ramón en el Palacio de los Deportes de Oviedo.

Personas como Lodario o José Alberto Álvarez hacen más fácil la vida de los discapacitados asturianos.

Personas como Lodario o José Alberto Álvarez hacen más fácil la vida de los discapacitados asturianos. Álvarez fue uno de los fundadores en 1994 de la Federación de Deportes para Personas con Discapacidad Física del Principado de Asturias (Fedema) y hace cuatro meses fue reelegido presidente de la Federación Española (Feddf). José Alberto Álvarez también es vicepresidente del Comité Paralímpico Español, el organismo que permite a las personas con discapacidad que se inician en el deporte soñar con lo que nunca hubiesen podido lograr como convencionales:_competir en unos Juegos.

Adriana Pérez encontró su lugar en el mundo

Agenesia metacarpiana. Adriana Pérez (Oviedo, 12-9-2000) ni se inmuta cuando cita el nombre médico de la alteración con que nació en su brazo izquierdo, básicamente la falta de la mitad de la palma de la mano. Como también se le diagnosticó una cifosis (curvatura anormal de la espalda), los médicos recomendaron a los padres de Adriana que se iniciara en la natación cuanto antes. Le costó porque tenía miedo al agua, incluso en la ducha. “Hasta que un día, con 5 o 6 años, me apuntaron a un cursillo, y hasta hoy”, precisa.

“Empecé en un club de convencionales”, señala Adriana Pérez en referencia al Ciudad de Oviedo, donde se medía con nadadores sin discapacidad: “Así tenía más competencia y me obligaba a esforzarme”. La salida a su primera competición, en Cádiz, le abrió los ojos: “Ahí conocí la natación adaptada. Hasta entonces pensaba que era la única”. Empezó a entrenar con Beatriz Álvarez, con la que sigue siete años después, y en 2013 se pasó a un club nuevo, el Mareastur, donde disfruta de “un ambiente de empatía, cariño y compañerismo. Encontré mi lugar en el mundo”.

Para Adriana “fue un shock” descubrir que había personas con problemas mayores que el suyo. “Es que muchas veces me olvido de lo que me pasa en la mano”, recalca. Su discapacidad, leve, se traduce en la competición como S10, categoría en la que ya ha coleccionado siete medallas de oro y once de plata: “Gracias a los entrenamientos mejoré mucho la técnica”, dice refiriéndose a una rutina que ahora compatibiliza con los estudios de Magisterio: “Entreno de lunes a viernes por la tarde, de 8 a 9.30, y los lunes, miércoles y viernes de 9 a 11 de la mañana”.

"No cambiaría mi vida por una mano"
Adriana Pérez

Centrada en los 50 y 100 metros braza, su progresión le sirvió para hacer mínima para el Europeo y para entrar a formar parte del equipo Axa de promesas paralímpicas. Con 18 años recién cumplidos, a Adriana le queda muy cercano Tokio 2020, por lo que su objetivo está claro: “Sueño con estar en los Juegos de París 2024”.

En alguna ocasión le han planteado alternativas para su mano: “Me han ofrecido manos biónicas, trasplantes de dedos… pero nunca me lo he planteado. No cambiaría mi vida por una mano”. Adriana Pérez se carga de razones: “Sería importante que la gente conociese este mundo, en el que no se nos pone nada por delante”. Y no lo dice sólo por la natación: “Para cosas de la vida diaria, como atarse los zapatos, me arreglo tirando de ingenio”.

Aunque ella no le da importancia, a Adriana le parece bien que la gente le pregunte por su mano: “La curiosidad me parece genial y a los niños convendría explicarles bien lo que pasa. Pero también es verdad que no todo el mundo afronta la discapacidad como yo”.

Un vuelo sin motor del que nació otro "Casomera"

“Fue un vuelo sin motor de 16 metros”. Casi 27 años después, Jesús Antonio Fernández González, conocido por todos como “Casomera”, se permite bromear con el accidente laboral que le cambió la vida. “Fue el 16 de diciembre de 1991. Era encofrador y caí en una obra en Oviedo. Me rompí entero. Aplasté la médula al nivel D-12, se me clavaron costillas en los pulmones, el hígado, los riñones. Salvé porque tenía 25 años y estaba como un toro”.

Cuando despertó en la UVI, Jesús Antonio Fernández (Casomera, Aller, 19-8-1966) no fue consciente de su situación: “Estaba tan medicado que no me di cuenta de que no podía mover las piernas hasta quince días después. Nadie quería decírmelo porque temían que afectase a mi recuperación. Hasta que vino un día un médico y me explicó lo que tenía. Lo acepté porque acepto todo lo que me viene”. Eso no quería decir que se resignara. “Me dijeron que en la Universidad de UCLA, en Estados Unidos, estaban haciendo estudios sobre la paraplejia. Así que fui, pero me dijeron que no había solución”, señala “Casomera”, que poco después vio un poco de luz por una casualidad: “Fui a hacer rehabilitación a un gimnasio en Valladolid, donde conocí a un neurocirujano ruso. Me dijo que en Moscú podían operarme de la espalda y mejorar”.

Con una vida normal no hubiera tenido las experiencias que me ha dado el deporte adaptado
Jesús Antonio Fernández

Así fue: “Me quitaron el hueso que me aplastaba la médula, con lo que se volvió a irrigar la zona. Gracias a eso mejoré en cosas como el control de esfínteres o la función sexual. Con todos los problemas que tenía, caminar era lo de menos”.

Era el momento del deporte. “Antes del accidente había jugado al fútbol  y hecho algo de moto de trial, pero nunca pensé que el deporte iba a ser lo que me devolviese a la vida”. Para eso tuvo que hacer de pionero: “En 1994, José Alberto Álvarez y yo empezamos con Fedema, con el baloncesto en silla de ruedas. Estuve jugando en el Vetusta hasta 1999, en que probé con la esgrima. Me enganchó y ahí estuve durante catorce años”.

“Casomera” ha vuelto al baloncesto, pero ya con el único objetivo de “mantener mi condición física. Es muy importante porque no te paras”. Lejos quedan los sacrificios que le abrieron la puerta de los Juegos Paralímpicos de Atenas 2004: “Fueron seis años de dedicación, pero mereció la pena. Son lo máximo”.

Hace dos años, “Casomera” asumió la presidencia de Fedema “para devolver un poco de lo que me dio el deporte” porque, aunque pueda sorprender, se siente un privilegiado: “Con una vida normal no hubiera tenido las experiencias que me ha dado el deporte adaptado, como la posibilidad de conocer un montón de países”.

David Fernández, razones de peso para ser feliz

David Fernández (Mirallo de Arriba, Tineo, 22-12-86) tiene poderosas razones para creer en el destino. El 2 de febrero de 2008 logró su primer trabajo. El 2 de febrero de 2009 se incorporó a la central térmica de Soto de la Barca. Y el 2 de febrero de 2012 volvió a nacer: “A las 12 de la noche me dormí conduciendo y me estrellé contra un árbol. Quedé inconsciente y perdí mucha sangre. Me salvó que nevaba, hacía mucho frío, y la preocupación de mi madre. A la sexta llamada oí el móvil. No podía moverme porque tenía todo roto de cintura para abajo. Marqué el 112 y al poco tiempo me rescataron”.

Ahí empezó una recuperación que, desde la perspectiva actual, suena a milagro. “Estuve 43 días en coma y cinco meses ingresado. Cuando estaba despertando oí a los médicos hablar de la amputación de la pierna. Tenía un vacío en mi cabeza. No entendía que fuera el 13 de marzo si ayer, para mí, había empezado febrero”. Durante su larga hospitalización le fueron mentalizando de lo que le esperaba: “Salí con dos muletas, pero me dijeron que estaría casi siempre en silla de ruedas”.

Las muletas fue lo primero que le quitó Lodario Ramón, entrenador de halterofilia, cuando David se acercó por el Palacio de los Deportes para completar su rehabilitación.  “Me lo recomendó un amigo y me decidí un día que caí en la calle y no fui capaz de levantarme”, explica Fernández, que casi se respinga al recordar el inicio de su reconstrucción física:  “Empecé con pesas de medio kilo. Al principio lloraba de dolor. Si tenemos 300 músculos en la espalda, sólo me funcionarían cuatro”.

Al principio lloraba de dolor. Si tenemos 300 músculos en la espalda, sólo me funcionarían cuatro
David Fernández

“Soy lo que soy gracias a Lodario”, asegura. “Se implicó al máximo conmigo. Además, en el Club San Mateo ven la discapacidad como algo normal. Al principio me ayudaron, pero después me tuve que apañar como cualquiera. Tenía que apoyarme en la pared o en las espalderas para moverme de un lado a otro. Sacó de mí la vena competitiva”. Hasta tal punto que empezó a hacer lanzamientos en San Lázaro y, gracias a su evolución, desde hace un año forma parte del grupo del Centro de Alto Rendimiento de León que dirige Manolo Martínez, el mejor lanzador de peso español de la historia.

“Estoy allí de lunes a miércoles y el resto de los días me entreno en Oviedo”, señala David Fernández, sorprendido por su condición de deportista de élite:_“La vida me está dando otra oportunidad”. Ha participado en europeos y mundiales, y ya no le parece muy descabellada la posibilidad de estar en los Juegos Paralímpicos de Tokio. Y todo gracias a los genes:_“Tengo lo bueno de mi madre, la lucha contra la adversidad, y de mi padre, la ambición por ser el mejor”.

Todos los reveses de Jesús Torres, en la pista de tenis

Jesús Torres (Salamanca, 5-7-74) sufrió un accidente de tráfico hace cuatro años que le relegó a una silla de ruedas. Antes practicaba deportes como el fútbol, esquí o tenis, y el accidente no le impidió seguir haciéndolo. “Una vez que pasé la fase aguda, poco a poco fui recuperando mi vida. Tenía que buscar algo que me motivase y me viniera bien en el aspecto físico. Probé deportes como la natación o el esquí, también tengo una bici adaptada con la que salgo de vez en cuando. Pero el que más me atrajo fue el tenis”, comenta Torres, que juega un par de veces a la semana, generalmente con el presidente de la Federación Española de Deportes de Personas con Discapacidad Física (Feddf), el asturiano José Alberto Álvarez.

Precisamente la intervención de esta Federación fue determinante para él: “Gracias a ella pude probar una silla. Una vez que estaba seguro de que me gustaba, ya compré yo una”. Uno de los lastres para la práctica del deporte adaptado es el alto coste del material.  “Una silla de tenis cuesta más de tres mil euros, y para que sea un poco decente te vas a los seis o siete mil. Eso no está al alcance de todos los bolsillos. El problema es de todos los deportes para discapacitados”.

No somos bichos raros, sólo tenemos la desgracia de una discapacidad
Jesús Torres

Las instalaciones para el deporte adaptado son otro problema. Jesús Torres generalmente se entrena en el Club de Tenis Olivares en Oviedo “porque tiene un monitor, Gonzalo, que está especializado en tenis en silla. A veces también voy a Agones, en Pravia, y por mi cuenta al Grupo Covadonga”. Torres explica que “nuestra infraestructura es complicada porque llevamos dos sillas y necesitamos alguien que nos ayude. Tenemos que aparcar a la puerta y, aunque suele haber plazas reservadas para nosotros, la gente no siempre respeta. Con un poco de ayuda la vida sería mejor para todos”.

Por eso pide comprensión “para normalizar la discapacidad, pero la sociedad y las infraestructuras nos lo impiden. No somos bichos raros, sólo tenemos la desgracia de una discapacidad”. En los cuatro años que lleva en una silla de ruedas, Jesús Torres no ve que las cosas hayan mejorado: “Hay una ley de accesibilidad que no se cumple y tampoco se aplica mucho el sentido común”. A Jesús el deporte le ayuda a sentirse útil, “ver que puedo hacer cualquier cosa. Además, físicamente me viene muy bien. La discapacidad no es excusa. Es más cómodo meterte en la cama, pero hay que pelear por salir adelante y el deporte es una buena herramienta”.

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