Oviedo Según San Mateo
Alberto Llavona, librero. En 1977 inauguró en Oviedo la librería "La Palma"

“Cuando oigo eso de “los alumnos y las alumnas” pienso para mis adentros “¡aaah!, ¿las alumnas también?”

"'La Herradura' de Oviedo era una horterada que hizo que me cayeran mal María Dolores Pradera y Alberto Cortez, los buenos"

Alberto García, a escasos metros de "La Palma" Luisma Murias

Alberto Llavona nació en 1946, a cinco metros en vertical del kiosco librería “La Palma”, que abrió en otoño de 1977. Mantuvo el nombre del ultramarinos de su padre en San Lázaro, de donde lo desplazó la guerra, y que reabrió en 1937 en la calle Ramón y Cajal. Le gustan los viajes y las lenguas. Fue la primera librería especializada en cómics de Oviedo.

¿Aún marcha cada San Mateo?

Trato de… Quise ser fiestero, pero me salió mal. Intenté ir a los sanfermines y quedé en León. Fui a Las Fallas y fue un desastre de ruido y coñazo. “La Herradura”, de Oviedo, era una horterada que hizo que me cayeran mal María Dolores Pradera y Alberto Cortez, los buenos.

¿De dónde sacó el modelo de librería?

En Londres, donde vivía, vi kioscos con mucha vitalidad y material que no conocía.

Empecemos en Oviedo.

-Soy el últimos de seis. Murieron dos: una niña, de otitis y un niño, de una malformación cardíaca. Mi padre, Ricardo, me llevaba 56 años. Era de Torazo (Cabranes), había emigrado a México en 1908 y me hablaba de la revolución. Había jugado al fútbol en el Asturias de México. Cuando jugaba conmigo era un poco fullero, corríamos tras el balón y hacía cargas.

¿Qué tal jugó usted al fútbol?

Metía muchos goles, en parte porque me gustaba tirar a puerta y en parte porque era el dueño del balón que nos compró mi padre en “La Panoya” (“Miraime bien, toy fumando con papel de La Panoya”) cuando mi hermano acabó Comercio.

Su madre.

Se casó en plena guerra. Era de la Manjoya, murió con 98 años hace 12.

 

¿Dónde estudió?

Bachillerato libre con Prida, un represaliado de la guerra, muy interesante y honesto que daba clases para Comercio en una habitación. Hice preu en San Isidoro, un curso de selectivo de Ciencias en Llamaquique y luego me matriculé en Madrid, en ingenieros industriales, en 1966. Pasé dos cursos. No me veía incapaz, pero no me gustaba.

¿Qué tal lo pasó en Madrid?

No demasiado mal, pero quería largar porque en verano iba a Francia, a la vendimia, y a Inglaterra, a la hostelería, desde los 17 años.

¿Y ese afán de marchar?

España era terrible. Tengo una imagen del invierno en que pasé el sarampión y veía desde la ventana una pared llena de roña pegada a la piedra, un cable de la luz y una bombilla colgando en mitad de la calle, movida por el viento y yo solo, angustiado desde las 6 hasta las 8 y 30 por no molestar a mi madre. Tuve una infancia feliz, pero España era tan triste en todos conceptos. Políticamente lo supe a los 17 con los amiguetes.

Alberto Llavona
Trato de marchar en fiestas… Ser fiestero nunca se me dio bien
Alberto Llavona
Librero

Dejó Madrid y…

Pasé un año en Bilbao, matriculado en Económicas, que dependía de la universidad de Valladolid. No estudié. Luego hice la “mili”, 14 meses en Ceuta.

Y a Londres en 1973.

En un apartamento con un gallego y dos asturianos hartos de la situación política. No militaba. Visitábamos un centro cultural del PC y un cine en Portobello que daba películas no comerciales, cubanas y de otros países. El cine me gustó más a partir de la politización

¿En qué trabajaba?

En hostelería contratado por un asturiano, Rafael Calzada, un exiliado de la guerra. Estaba amenazado por el IRA porque tenía un cargo de los hosteleros y era una época en que ponían muchas bombas en bares. Calzada tenía tres restaurantes, uno de ellos, francés, “À l’Ecu de France”, en Jermyn Street, junto a Picadilly Circus. Yo estaba en el guardarropa, con un chalequín con los colores de una avispa, negro y amarillo, y un traje granate. Había aparcacoches y cuando un comensal se levantaba al baño, un empleado le seguía, le ofrecía una toallita individual y le abría los grifos.

¿Volvía a Oviedo?

Dos o tres veces. La última creí que quedaría pero fueron las ultimas ejecuciones de Franco y volví a largar. También influyó que tenía una novia en Londres, bailarina de danza contemporánea en el Lambert.

¿Por qué regresó en 1976?

Mi madre se jubiló y cerró los ultramarinos. Un día me llamó y me preguntó si pensaba volver a Oviedo. Le dije que tenía proyectos con el local, si no le molestaba. Llegué con José Manuel, “Escandina”, un amigo de Cornellana, de socio.

Alberto Llavona
Tuve una infancia feliz, pero España era tan triste en todos los conceptos
Alberto Llavona
Librero

¿Y la novia?

Quedó en Londres. Después fue a Wuppertal (Alemania) y acabó fichando por Pina Bausch. Fui a verla bailar a Barcelona, pero tuvo una lesión y no lo logré.

¿Cómo tradujo el modelo de librería?

España se abría y aparecían títulos en Alianza de bolsillo que no habíamos podido leer antes y otros llegaban de México y Buenos Aires, del Fondo de Cultura Económica y de Losada. José Troteaga, que había estado en Rumania y era el PC, tenía una distribuidora en La Argañosa y me facilitó las cosas. En Madrid encontré un proveedor italiano de cómics que tenía muchos franceses como “Pilote” y “(A suivre)”.

Un gran momento de periódicos.

Sí, leía “El País” en la “cafetería Arrieta”, que eran fachas, y me miraban con mala cara. De un “Interviú” con famosa en portada llegué a vender 300 ejemplares. Lo normal eran 150. A veces me adelantaba, iba a la distribuidora de Pumarín con el coche y cargaba cuatro paquetes. Cerrábamos a las 10 y se notaba en la caja.

¿Y los cómics?

Cuando era pequeño, acompañaba a mi hermano un kiosco que había a la entrada de un garaje detrás de Hacienda, donde compraba “Hazañas Bélicas”, de Boixcar, y tebeos apaisados del Oeste. Al volver de Londres era el momento de “Totem” y otras, con “Corto Maltés” y “Valentina”. Me las mandaban antes y en buenas condiciones porque vendíamos mucho y el resto de los kioscos las devolvían. Manolo, de Asturesa, no lo entendía: “¡Son cuentos!”.

Alberto Llavona
Se leía más porque el tiempo de ocio tenía menos competencia
Alberto Llavona
Librero

¿Los libros de entonces?

“Ulises”, de Joyce… E hicimos bastante por vender “Cómo acabar de una vez por todas con la cultura”, de Woody Allen.

¿Ahora haría por vender a Woody Allen?

Cambiando de tema, pero hablando de eso, la corrección política me jode. No puedo votar al PSOE por el “los” y el “las”. Cuando oigo eso de “los alumnos y las alumnas” pienso para mis adentros “¡aaah!, ¿las alumnas también?”. Lo dicen el presidente y todas las ministras y no les basta con que los académicos digan no es correcto.

¿Su socio?

No vio que el negocio espolletase, plantó kiwis en una finca y le fue muy bien.

Y a usted.

Rehabilité la casa a mediados de los 80. Me especialicé en idiomas y en 1995 abrí la librería de Rúa en 1995 con la ayuda de mi hermana. Trabajaba todos los días e iba de vacaciones cada cinco años, pero pasé tres meses en Florencia en un curso para extranjeros. También fui a la URSS porque había estudiado ruso con Teresa Bárcena, la niña más pequeña de las que salieron de Gijón. Su padre organizó quién iba en el barco, no quiso favorecer a ningún hijo del partido comunista y casi tuvieron que obligarle para que subiera a su hija. Fue la única que hizo carrera porque tenía edad para convertirse en bilingüe total.

¿Se lee menos que cuando abrió?

Sí. El tiempo del que disponemos sin trabajar tenía menos competencia y leías. Había una cadena de televisión. Balbín, Dragó y Paloma Chamorro estaban en el UHF que aquí no se veía.

Le gusta hablar bien.

Estoy cuesta abajo y los amigos dicen que hablo mucho. Mi padre era un autodidacta que hablaba muy bien, sabía muchas cosas, jugaba al ajedrez y nunca logré ganarle. La madre de la lingüista María Josefa Canellada Llavona, la mujer de Alonso Zamora Vicente, era hermana de mi padre y también hablaba muy bien.

-Se jubiló hace seis años.

Como con los amigos una vez por semana y cortejo hace años con la misma moza. Me cuido bastante, pero tengo algún problema. Leo periódicos y el libro cuasi póstumo de Jorge Semprún, que me caía muy bien por los guiones de cine. Voy a Gijón el fin de semana porque es más llano y me viene bien para la claudicación intermitente, un problema de circulación que da dolor en los gemelos y que llaman “el síndrome del escaparate” porque paras cinco minutos y pasa. Lo agravan las pendientes y el ritmo. Oviedo se me hace incómodo porque me encuentro vieyu.

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