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Alcoa no se cierra: una familia en pie de guerra

Los rostros de una lucha que va más allá de la comarca de Avilés y se plantea como clave para el futuro industrial de la región

Futuro hipotecado

Félix Fernández empezó en 2008 a trabajar en Alcoa, está separado y tiene dos niñas y un piso a pagar en 15 años

El avilesino Félix Fernández, de 37 años, entró a formar parte de la plantilla de Alcoa en mayo de 2008. Las condiciones laborales que le ofrecían eran mucho mejores que las del taller de ruedas en el que trabajaba hasta la fecha. “El sueldo estaba bien. Confiábamos en que la situación laboral estaba garantizada y nos lanzamos a por la familia”, comenta el empleado, que empezó a trabajar en el área de electrólisis. Su primera hija, Llara, nació en 2009 y la segunda, Deva, en 2011. Dos años después se separó de su pareja.

Poco después Alcoa empezó a dar signos de debilidad en Avilés. “La situación actual Alcoa la dejó caer hace tiempo. Llevaba dando beneficios muchos años, pero con ellos hizo la planta de Arabia Saudí y no se preocupó de la de Avilés mientras que el Gobierno le estuvo dando pasta”, señaló Fernández, que decidió hipotecarse con la compra de un piso “asequible, que pudiera pagar” dada la incertidumbre generada desde 2014, cuando la empresa amenazó con el cierre patronal. Aún le quedan doce años de pagos mensuales para cubrir los gastos, que se suman a la pensión que le pasa a su exmujer por las niñas. “Las crías no son conscientes de lo que está pasando, son muy inocentes todavía, Llara me dijo el otro día que si me echaban del trabajo, montara un zoológico”, comenta el trabajador.

Contra viento y fuego

“No queremos un país desmantelado”, dice Horacio López, que en la fábrica vivió inundaciones, vendavales y un incendio

Horacio López fue uno de los primeros en entrar en Alcoa por la vía de los contratos de relevo, cuando todo era distinto, cuando “la empresa apostaba por el rejuvenecimiento de la plantilla”. La multinacional acababa de llegar a San Balandrán enarbolando la bandera norteamericana, en la época en que el Gobierno de España se deshacía de sus participaciones industriales, hacía caja y dejaba todo listo para la burbuja que iba a estallar unos pocos años después. Entonces la aluminera todavía era Inespal y el acento español era más fuerte que el de Pensilvania, que es donde ahora está la central de la multinacional, después de haber dejado Manhattan.

López lleva en la empresa “diecisiete años, casi dieciocho” y todos ellos le han dado para sumar experiencias graves y no caer en el desaliento. Entró en 2001, tiene 47 años y ahora trabaja en el taller mecánico. “No estuve siempre allí”, explica en la puerta de la factoría, un minuto antes de que sus compañeros trasladen la protesta a la carretera del faro. Los coches de los operarios están aparcados en fila en la carretera de salida de la planta, en un valle de más de un kilómetro de profundidad que parte del concejo de Avilés y se adentra en el de Gozón. Es uno de los efectos de la orden de cierre de una fábrica de aluminio que lleva en la otra orilla de la ría más de medio siglo. Cuando todo era distinto.

Optimismo frente a la adversidad

Moisés Quintana creyó que había solucionado su futuro cuando entró en Alcoa: “Pensé que veía la luz”

“Tenemos mucha carga de trabajo. Desde 2010, año de la inundación en la fábrica, nunca hubo tanta como ahora. Por eso, cuando nos avisaron que iban a dar un comunicado, nadie, ni los propios jefes, pensaban que nos iban a poner la carta de despido en la mano”, relata Moisés Quintana Freije, colador de lingote y operario de planta de reciclado en Alcoa.

El próximo 13 de enero, si los malos augurios no se cumplen, este avilesino de 46 años afincado en Cudillero cumplirá 13 años como trabajador de la fábrica avilesina a la que llegó casi por casualidad. Trabajaba en Mantequerías Arias, aspiraba a entrar en Hidroeléctrica y un profesional de recursos humanos de una empresa de selección de personal le animó a optar por una plaza en la aluminera que en ese momento estaba contratando personal.

Le hizo caso, entró a formar parte de la plantilla de la multinacional y su vida dio un giro. “Pensé que había solucionado mi futuro, vi la luz”, señala. Con el nuevo trabajo, pasó de trasladarse todos los días a Oviedo desde la localidad pixueta a invertir sólo 25 minutos en llegar a la puerta del trabajo. Al mismo tiempo, la familia fue creciendo; tiene tres hijos con su mujer Belén López, natural de Piedras Blancas: Marcos, Alejandro y Adara, de 13, 11 y 8 años, respectivamente. El futuro era prometedor para este avilesino que a día de hoy, aunque reconoce que “los ánimos están bajos porque ves que los días van pasando y la situación no se soluciona”, se muestra optimista. “Confío que una fábrica como ésta, con las peculiaridades que tiene (planta de reciclado y una lingotera), es difícil que cierre; quiero ser positivo y espero que el Gobierno abra los ojos”, dice, en referencia a la tarificación eléctrica. “Si no cambia este sistema y no ayudan a la gran industria que da de comer a la mayor parte del centro de Asturias, se irán otras, esto es un efecto dominó; si perdemos estas empresas la región perderá mucho”, comenta.

La mejor escuela

Leonor Otero vive con incertidumbre el final de trece años en la fábrica, de la que destaca “todo lo que he aprendido”

Leonor Otero Rodríguez, responsable de automatización de la fábrica de Alcoa en Avilés, dice sentir la empresa como su casa. “Tengo cariño a la gente y al sitio, las instalaciones son casi como mis hijos”, señala esta ingeniera técnica industrial que entró en las dependencias fabriles de San Balandrán con una beca de la Universidad de Oviedo y tras recibir otra de la Sociedad Española de Participaciones Industriales (SEPI) pasó a formar parte de la plantilla de la multinacional. De los trece años que lleva trabajando en Alcoa destaca “todo lo que he aprendido”. Se considera muy afortunada de formar parte de una empresa en la que “hay un ambiente inmejorable, muchos de mis compañeros son también amigos, por eso cuando hablamos del cierre de la fabrica decimos que nos vamos todos juntos, como un pack de yogures”.

Tiene 40 años, vive semanas de incertidumbre junto a sus compañeros y sufre por la preocupación que invade a su madre ante la clausura de la fábrica. “Toda la vida me dijo que preparara unas oposiciones y no le hice caso; yo me fui a la empresa privada. Ella fue maestra, al igual que mi padre, y lo del ERE y el paro le suena a chino, solo sabe que el puesto de trabajo desaparece”, comenta. Desconoce qué le deparará el futuro y aunque no tiene ataduras familiares no desea trasladarse a la otra esquina del planeta como muchos de sus compañeros de carrera, dispersos por Bolivia, Chile o Brasil. “La situación de la industria es complicada, la fabricación del aluminio es un proceso especial, pero quisiera estar cerca de mi familia; mi madre vive en Lugo y mi hermano en Gijón, como yo”, indica, para manifestar la sorpresa por el apoyo que están recibiendo los trabajadores tras el anuncio del cierre de Alcoa. “Me resultó emocionante ver la cantidad de gente que sin conocernos ni tener nada que ver con la empresa acudió a la primera concentración, a la salida de la fábrica”, concluye la responsable de automatización “con muchas máquinas a mi cargo, pero pocas personas”.

El peor regalo de boda

El anuncio de cierre de la factoría de Alcoa ha llegado para Adrián Prendes en plenos preparativos del enlace con su novia

Adrián Prendes ojea una de las nóminas de Alcoa sólo para caer en la cuenta de que el mes que viene cumplirá 14 años en la fábrica. El chaval de veintipocos años que terminó un grado superior de automatismos en el Centro integrado de formación profesional de Avilés, y al que sus compañeros en noviembre de 2004 le apodaban “el yogurín” por ser el más joven de la empresa en el momento, se ha transformado en un hombre de 34 años que vive en una montaña rusa por el inminente cierre de la planta aluminera y la incertidumbre que le provoca. “Lo peor de todo es la intranquilidad. El no saber qué va a pasar con nosotros, si van a entrar otros dueños o si van a cerrar”, explica sobre la situación en que se encuentra. Adrián, como muchos otros, acudió a la llamada de una gran empresa. Era la oportunidad de su vida y poco le importó que su puesto de trabajo en la cubas de electrolisis no tuviera nada que ver con lo que había estudiado. “Ese es uno de mis problemas: mi especialidad sola la hay en Avilés, en ningún sitio más”, lamenta.

En 14 años, Adrián ha moldeado su vida en función de su puesto de trabajo en la fábrica; le dijo que no a Fertiberia y por el trabajo se perdió el ascenso a Segunda de su equipo, el Oviedo, cuando jugaban en Cádiz. Lo que no se ha llevado por delante el anuncio de cierre de la fábrica es su boda, en octubre del año que viene. Adrián vive con la que va a ser su esposa, Vanessa Díez, una joven de León que trabaja a turnos en el Hospital de San Agustín. Lo tiene ya todo en mente: el banquete, la lista de 170 invitados y hasta la iglesia, en un pueblo, La Vecilla del Curueño, de donde es la chica y donde Adrián veranea.

"Volveremos a empezar"

“Los Ferrari quieren el aluminio que hacemos en Avilés”, destaca el avilesino Daniel Durán

Daniel Durán (Avilés, 1979) es un hombre experimentado: obrero de Alcoa desde hace quince años y piragüista “con más de dos décadas en el agua”: “Más de media vida”, recalca. Entró en la multinacional Alcoa en 2003 dando relevo “a uno de oficinas”: eran los tiempos mejores, una sensación de que “la vida ya estaba solucionada”. Reconoce que esa idea hace tiempo que presenta grietas: “Hay que volver a empezar. Tenemos que aprender a buscar trabajo. Llevamos mucho en la fábrica, pensando que el mundo es de una manera y ya no es así”, dice el operario que mantuvo en LA NUEVA ESPAÑA el blog del piragüismo: con diez descensos del Sella; tres de ellas entre los diez primeros. “No me he puesto a buscar trabajo porque no sabemos qué va a pasar de verdad, ni cuándo”, apunta.

La sensación de bonanza de hace tres lustros se evaporó muy pronto: Durán ha vivido todos las crisis del aluminio: la de 2008, la de 2010, la de 2014… “Esta es la más grave”, reconoce. La planta avilesina lleva la tira al 66 por ciento: “Nos están engañando, pero también a toda la ciudad. Nos tienen que comprar, pero alguien que mantenga la tarea”, se hace cruces. “Dicen que no les salen las cuenta, pero eso es falso: hacemos el mejor aluminio. Ferrari quiere el nuestro. No es de San Ciprián o el de Noruega; el nuestro”, destaca el avilesino, ahora en mantenimiento, con mujer e hija y un hipoteca de la que sólo ha pagado siete años

La disyuntiva del cubista

Tras una década en la fábrica, Javier Mier baraja buscar otro trabajo o dedicarse al cuidado de su hija

Estaba por reventar la crisis económica cuando Javier Mier empezó a trabajar en Alcoa. Ajeno a la que estaba por caer, arrancó su Seat Ibiza para ir desde Oviedo a lo que iba a ser su primer día de trabajo en las series de electrolisis, en el equipo de desescoriado de cubas. Era un 21 de abril de 2008. “Era un trabajo duro, en la fábrica había entre 40 y 50 grados e íbamos vestidos con el traje ignífugo. Era como correr una maratón de lo que sudabas. Estábamos todo el día con bebidas isotónicas. Pero no importaba, estaba feliz de haber podido encontrar trabajo y además en una gran empresa”, recuerda.

Ahora, una década y pocos meses después, a sus 38 años Javier está casado y tiene una nena de dos años y no sabe que va a ser de él. Sigue viviendo en Oviedo. La noticia del cierre de Alcoa le pilló trabajando en su puesto actual, de cubista. En la fábrica, el trajín de máquinas es constante y el ruido abunda durante toda la jornada, pero paradójicamente, en ese instante se hizo el silencio.

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